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Client of interest

Client of interest

¿Conocen la serie Person of Interest? Es de producción norteamericana, creada para la CBS y emitida en nuestro país por laSexta, con el título Vigilados. Es una serie de acción, realmente entretenida, cuyo hilo conductor gira en torno a una máquina que espía día y noche a toda la población en busca de posibles amenazas terroristas. Realmente inquietante, ¿no creen?

Como habrán adivinado, la serie me gusta. Sus creadores, de hecho, recrean de forma tan brillante como impersonal la forma en que la máquina reconoce y clasifica a los ciudadanos (pueden hacerse una idea viendo este vídeo). Lo que quizás les resulte difícil de creer es que una tecnología muy similar a esta ya existe, y que empresas como grandes superficies o centros comerciales la están desarrollando con mimo para lograr clasificar a sus clientes… y optimizar sus ventas.

Mi primer contacto con este tipo de tecnologías se produjo allá por 2009. Tuve la suerte de participar en una demostración realizada por una empresa española, que trabajaba en el desarrollo de un método para medir las audiencias del digital signage. Y les aseguro que aluciné: la máquina reconocía los rostros, detectaba la edad aproximada y el sexo, y captaba si las reacciones de los potenciales clientes eran positivas o negativas. Era capaz, incluso, de sustituir los anuncios mostrados por otros, en función de criterios tales como si la audiencia era mayoritariamente masculina o feminina. Un alarde de análisis facial que te hacía sentir, casi casi, como un figurante de Minority Report.

Leía el pasado viernes en El País que una empresa italiana está comercializando unos maniquíes con cámaras en los ojos, que estudian a la clientela que desfila ante ellos para analizar sus reacciones y detectar sus gustos. ¿La idea? Cazar tendencias, medir reacciones… en definitiva, mejorar el negocio a costa de la información facilitada, de forma inconsciente, por sus ingenuos clientes. Y ahorrarse un dineral en estudios de mercado. Ingenioso, ¿no creen?

El problema de este tipo de dispositivos es que juegan en el límite de los derechos fundamentales. Captar la imagen de una persona para, a partir de ella, extraer información y lucrarse económicamente, chirría a todo aquél que se preocupe por su privacidad. Y a mí el primero.

En su defensa, las empresas que desarrollan este tipo de sistemas alegan que los dispositivos son blackboxes: captan las imágenes, extraen los datos que necesitan y destruyen las grabaciones prácticamente al instante. “Sólo generan datos estadísticos”, se defienden. Algo que, de ser así, conllevaría que no se aplicase la Ley Orgánica de Protección de Datos.

No es mi intención, en este momento, aburrirles con disquisiciones acerca de la aplicación o no de la citada ley a este tipo de tecnologías. Pretendo, simplemente, poner sobre la mesa un nuevo escenario en el que el marco normativo se antoja obsoleto ante el fulgurante avance de la técnica. Créanme si les digo que, de entrada, veo con buenos ojos todo ingenio que permita mejorar las ventas. Máxime, en estos tiempos inciertos que nos ha tocado en suerte vivir. Pero me preocupan los derroteros por los que transitan ciertas empresas, que parecen más preocupadas por espiarnos que por desarrollar productos eficientes y de calidad.

Llámenme idealista, pero creo que ha llegado el momento de replantearse el equilibrio entre el marketing basado en el comportamiento y nuestra privacidad. Y, en este sentido, espero que el sector sea capaz de autorregularse y de actuar con prudencia. Principalmente, viendo el empeño del legislador en trasquilar las barbas de sus colegas del mundo online.

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